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España no deja de sorprenderme:
Un lugar donde se encausa a un juez por investigar el genocidio franquista en un proceso que, paradójicamente, ha sido iniciado a instancias de la extrema derecha cómplice del dictador.
Donde decenas de miles de desaparecidos siguen enterrados como perros en las cunetas.
Donde a nadie se le pasa por la cabeza ilegalizar a Falange Española, a pesar de su "glorioso" pasado.
Donde los partidos mayoritarios no pierden oportunidad para motrarse orgullosos, ad nauseam, de "nuestra modélica transición", de la figura de Suárez, del papel de Su Majestad el 23-F, de la actitud responsable de las Fuerzas Armadas...
Donde no hubo ruptura, sino continuidad, con el regimen anterior, pasando de ser democracia orgánica a monarquía orgánica.
Donde se cierra un periódico y se detiene a sus periodistas y redactores por el "fundadísimo" indicio de publicarse en euskara.
Ahí, en ese llamado por algunos "bendito país"... otro falangista reciclado acaba de morir de viejo y en la cama.
A partir de ahora comienza el desfile de demócratas que loarán su figura y lo que esta supuso para España y el Olimpismo. Y, mañana o pasado, en el entierro de Juan Antonio, seguramente veremos a Juan Carlos emocionadísimo, despedirse de su amigo. Ese mismo Juan Carlos que, hace unas semanas, no pudo asistir al entierro de Miguel Delibes porque estaba viendo a Fernando Alonso en el Gran Premio de Bahrein de Fórmula 1.
Y, seguramente, también podremos ver Presidente del Gobierno Español (porque Juan Antonio Samaranch Torelló era marqués de Samaranch y Premio Príncipe de Asturias) y al President de la Generalitat ( porque Joan Antoni Samaranch i Torelló era Medalla d'Or de la Generalitat de Catalunya). Todos ellos, y otros muchos, estarán en el entierro, homenajeando al finado y sitiéndose representantes de todos nosotros.
No me siento representado por ellos. Y menos en el entierro de un falangista.
