sábado, septiembre 20

Nada ni nadie

Mirada serena
Pedro, mi marido, estaba enfermo desde hacía mucho tiempo. Era algo que no tenía remedio. En la última recaída, quedó postrado en la cama. Sus ochenta y cuatro años y su enfermedad respiratoria crónica no hacían albergar muchas esperanzas a nadie. Bueno, excepto a mi. Una tarde, cuando el sol se perdía en el horizonte, yo también me encontré mal: parecía que me iba a estallar la cabeza y estaba mareada. Eran muchos días de dormir poco, de malcomer y de estar preocupada por él. -Tómese este ibuprofeno -me dijo Eva, la enfermera- y acuéstese en la cama, junto a él. Duerma un poco y verá como así se despierta mejor mañana. Yo, ya me marcho. Pero, si necesita algo o surge alguna urgencia, llámeme al móvil. Le hice caso: tomé la pastilla y me eché en nuestra cama, a su lado. En el mismo lugar y con la misma persona que llevaba haciéndolo durante los últimos 60 años. Allí estaba él, donde cada noche. Siempre me había gustado mirarlo mientras dormía. No era ya aquel joven que conocí con dieciocho años en el pueblo, pero, seguía conservando algo de esa belleza de actor clásico de Hollywood que me encandiló. Desde que estaba en cama, pocas veces había vuelto a ver su sonrisa: esa que normalmente se abría paso a través de su barba canosa, entre socarrona y seductora. Esa sonrisa era el mejor de sus muchos encantos. Esta noche estaba peor, se le notaba en la cara y en su respiración: era breve y entrecortada. Una de las veces, la pausa de su respiración fue más larga de lo habitual. Preocupada, me acerqué más para ver qué le ocurría. Al moverme, se sobresaltó, abrió los ojos y trató de incorporarse. Me miró, pero no estoy segura de que me viera en realidad. -Luisa, ¿estás ahí? -preguntó. -Claro, mi vida. Aquí, a tu lado -contesté -¡Ah!, muy bien -exclamó mientras sonreía. Y se volvió a tumbar, con su sonrisa en la cara. Lentamente cerró los ojos y expiró. Lo besé en la frente y en esos labios sonrientes. Y le deseé buenas noches. No dije nada a la enfermera cuando abrió sigilosamente la puerta del dormitorio para despedirse. Nada ni nadie impediría que pasáramos nuestra última noche juntos. Ni siquiera, la muerte.
Autor: Landahlauts (basado en un hecho real) Fotografía: Una Mirada Serena Autor: Landahlauts

16 comentarios:

Manolo dijo...

Amén. Una manera preciosa de pasar a mejor vida.

Un saludo

bornne dijo...

Él la vio, quizás no con sus ojos pero sí con su alma.
Una maravilla de relato. Felicidades.

Saludos matutinos.

Luna Carmesi dijo...

Emocionante y vital.
Sin adornos. Carne y sentimientos.

Me gusto mucho tu retrato de situaciones, de vivencias que pueden estar cerca de nosotros aunque no nos demos cuenta...

Merce dijo...

Bonito, mucho...toda la vida juntos, hasta el útimo minuto...

pon dijo...

Qué guapo el señor, y qué guapa ella también.

Uno dijo...

Una historia muy tierna y humana.

Saludos

JP dijo...

Una muy linda forma de despedirse.
Linda historia.

diariodeunamujersola dijo...

oh...landa...me has estremecido..hasta la medula........humano,real,sencillo,la naturalidad de la muerte...cuando la vida te ha dado todo lo que te debia de dar....y estar alli...como una noche mas...cuando seria la ultima...y no permitir que nada te robe el derecho a estar...a ser el ultimo olor...el ultimo reflejo de sus ojos...me ha encantado...sin drama...solo calma amor y adios
uff buenisimo
besitos

bahtian dijo...

Si pudiera elegir mi final, no seria muy diferente a este.
Mu bonico tío, mu bonico

Luna Azul dijo...

Tierna historia y llena de amor.
Precioso final a una vida en común.
Un besazo.

ana dijo...

Yo quisiera morir igual.

Besines.

Edurne dijo...

A mí se me han empañado los ojos.
Tierno, precioso...

Caulfield dijo...

Uf, qué duro. Y precioso a la vez...

Marta Arrufat dijo...

Landa, yo quise hacer lo mismo con mi abuela, y esa noche, dormí con ella, a las 7, 30 de la mañana se despidió. Ni la muerte... tu lo has dicho. Precioso

Breuil dijo...

Absolutamente deliciosa y conmovedora; y muy bien contada.
Enhorabuena.

Nerim dijo...

Un relato hermoso que me ha hecho vibrar de emoción.

Yo creo que hubiera hecho lo mismo. Llevo 41 años casada y desearía que el final de mis días fuera así, irme tranquilamente, con una sonrisa y un beso en los labios y si al contrario, fuera mi marido el primero en irse,también le gustaría que pasáramos la última noche juntos en nuestra cama, abrazados y con el mismo amor de siempre.